Los años del hambre en Bodonal de la Sierra: un relato literario basado en testimonios bonalejos
Cada amanecer era una
apuesta contra el hambre[1].
Antes de que saliera el
sol, caminaba en silencio hacia la incertidumbre. Allí no me esperaba un
mercado ni una celebración, sino la dura espera de conseguir un jornal. Nos
colocábamos junto a la plaza del Generalísimo Franco, aguardando la llegada de
los capataces.
Casi nadie hablaba.
Todos sabíamos que bastaban unos segundos para decidir cómo transcurriría el
día. El señorito recorría con la mirada el grupo y señalaba con el dedo: «Tú,
tú y tú». Si tenías la suerte de ser elegido, marchabas al campo; si no,
regresabas a casa con las manos vacías, sin conseguir el mísero jornal que,
aunque escaso, bastaba para comprar un poco de pan.
Cuando eras uno de “los
afortunados”, ibas a la finca del señorito y hacías cuanto te ordenaban:
sachabas, arrancabas garbanzos, recogías habas o segabas bajo un sol abrasador.
Nadie protestaba. Sabíamos que cualquier gesto de rebeldía podía costarte la
comida del día siguiente. Las jornadas parecían no tener fin. En ellas trabajábamos
hombres y muchachos como yo, obligados a abandonar demasiado pronto la
infancia.
Yo fui uno de aquellos bonalejos. Recuerdo cómo
permanecía con las piernas abiertas para sostener el saco, con los pies
hundidos en el barro durante los días lluviosos y las manos cubiertas de arañazos.
Fue allí donde comprendí, siendo aún un niño, el verdadero significado de la
dureza del campo y de la vida.
En el pueblo apenas
había empleo. Cuando el señorito no me elegía para trabajar, recorría los
caminos en busca de tarama para intercambiarla en la panadería por un poco de pan
o buscaba bellotas para venderlas. No era una elección; era la única manera de
alimentarme. Aquellos eran los años del hambre, una expresión repetida en toda
Extremadura, pero que en Bodonal de la Sierra tenía un significado muy concreto
para quienes los vivimos: estómagos vacíos, pobreza extrema y algunas familias,
como la mía, hundidas en la miseria.
A veces aparecía la Guardia Civil y nos requisaba la tarama
que habíamos recogido con tanto esfuerzo. La amontonaban y la quemaban delante
de nosotros; en aquellas cenizas se reflejaban nuestras almas. En otras
ocasiones nos quitaban el costal de bellotas, pero lo peor venía después: brutales
palizas para que no volviéramos a “robar”. La sangre brotaba por mi rostro y se
mezclaba con el polvo del camino. Con el paso de los días, el dolor
desaparecía, pero la humillación permanecía.
Éramos tan pobres que ni siquiera teníamos un trozo de
tierra que trabajar. Eran tiempos duros, una época en la que la necesidad se
sentaba a la mesa de muchas casas. En mi familia éramos seis hermanos y el
hambre era nuestro peor enemigo.
En la calle General
Navarrete había unos comedores donde podíamos alimentarnos. Yo acudía con
frecuencia. Aquel plato que recibíamos significaba mucho para quienes apenas
teníamos nada; era un momento de alivio dentro de una vida llena de
dificultades.
En una ocasión, una
mujer que estaba cerca de mí se desmayó. Estaba muy sucia y llevaba un vestido
de siete colores, una prenda hecha de muchos remiendos. Cada trozo de tela contaba
una historia, una lucha, una vida marcada por el hambre.
Pobre mujer. Pobres de
nosotros.
Al llegar a casa, mi
madre me esperaba con la cuba de agua caliente. No teníamos ningún producto con
el que lavarnos, y los piojos eran compañeros inseparables de aquella miseria.
Yo sufrí aquella época. El hambre quedó atrás, pero dejó una huella que los
años nunca pudieron borrar.
[1] El presente relato literario está basado
en los testimonios de varios bonalejos. He optado por narrar los hechos mediante
este género literario con el fin de preservar la identidad de quienes han
querido compartir lo sucedido en Bodonal de la Sierra, durante los denominados
“años de hambre”.
La imagen está extraída del libro: Las recetas del hambre. La comida de los años de posguerra, de David Conde y Lorenzo Mariano. Crítica. 2023.
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